Rosa en Cada Nieve
Cuando un corazón cruza la noche
puede ser que astros y estrellas lo detengan,
que quede extasiado al mirar las constelaciones
pero su brillo no puede quemarse al lado de ellas.
No se da cuenta que deja una estela a cada paso
y que celestes mercenarios se acercan a beber de ella,
pero sólo cenizas es lo que tocan, los frutos mas bellos
los ha entragado a su secreto y aún el secreto
lo ha puesto a salvo de si mismo.
Cuando un corazón cruza la noche, el miedo
hace un pacto con la nube, tirita un sol de espuma
en cada templo y se recoge entre ninfas de espinas
lo que es suyo. Sacerdote de naves arrobadas,
tiempla el sueño que llega de las cumbres
que trampa de artes dibuja en las almenas,
allí donde defendió su amor de dios y la locura.
Sabe recordar porque un día pereció en el helecho
y la tierra le trajo raices de arcanos, tempestades
donde nada puede perseguirlo y huye acaricando
el dolor de la distancia. Tampoco el dolor puede tomarlo.
Es posible que el amor lo haya olvidado,
pero en su pecho es ardiente el mar y el frenesí
para qué el amor si la vida de ese corazón viaja
hasta su casa, para qué el amor si él conoce
el camino hasta sus labios. Sabe el amor que una criatura
viaja hasta su lecho y entonces será derrotado.
Cuando un corazón cruza la noche, hay una tarde en su credo
un sentimiento tomado de la hierba, un trueno que quedó
prendido del ocaso, un ruido de mariposa en la ojera
el topacio donde nace el amacecer y también donde se apaga.
Guillermo Paredes
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