Níveo el mar, herido por el nombre que abraza
lo que nos ha olvidado,
lo que yace fulgiendo sobre el follaje,
como mágica agonía donde emerge el espejismo.
Porquè abrazo la silueta ahora y resuena la escarcha
desde una tormenta
y la elipse formada por el viento en la aurora
enhebra formulas de aire en las hojas,
en la copa donde se ilumina la soledad en un gorjeo,
y los barcos son cielos que eclipsan el velo
que asciende hacia la verdad en sus alas.
Y la mía que envuelve los bosques,
convocando el extravío otorgado a los angeles,
que toma los demonios que aman desde un sueño
lo divino,
la ráfaga que arranca la hoja
y el camino incierto para lo que ha dejado el verdor
en las ramas,
en el arbol en donde al bajar la mirada,
el tronco sigue respondiendo al brillo
desde su endurecida savia.
Sí, allí han de encontrarse los astros,
espejos de quimericos fantasmas
criaturas alzadas por el rocío y el deseo,
enfrentadas ahora a una clepsidra perdida
en la copula,
en el eco que dice mar antes que infierno,
en el rostro que apaga el sol para que muera
un cuerpo
y en la nave donde sólo ha de alcanzarte el cefiro,
aquel que en el alba
sigue conduciendo bajo lo eterno tu sueño.
Guillermo Paredes Mattos
No hay comentarios:
Publicar un comentario