Para el cielo son crines, murallas donde es sepultura
el horizonte.
Luego un halo nos separa y decimos que una gruta
suspende su racimo
en el agua.
Debería, aunque no pueda colgar de las paredes
ni estampar algo como un manuscrito
en los anillos.
Como un hecho me desenvuelvo en los aires
y convoco al mar antes que a mi pensamiento.
Acaso lapida un hado que llega de mis sienes
la estela de un animal sobre los trenes
y acaso
el hilo de un corcel teje
en sus batallas equinoccios.
Porque en cada idea de la luna hay un ciclo
con la ceniza
y aunque respire para que el aire se pierda dentro
de mi cuerpo
hay un pedazo de él que huirá hacia el cielo
para convertirse en ráfaga.
Para el hemisferio son crines esta distancia
donde provengo de metales
y miro en cada átomo un destino
una falange esculpiendo lo divino en los dedos
y debajo de la sangre.
Quiero un nombre para no repetir en mi boca
la saliva de alguna ciudad dominando su lenguaje
en el grito de los árboles
busco un minuto que no tenga la voluntad del tiempo
ni el desmayo rebelde de una historia de sal
aquella que la experiencia agita cada noche.
Estoy como el exilio de una treta
en los purgatorios de la ironía y aunque conozco
apenas de donde proviene la llama
sé que si la convoco
mis manos arderan como el fuego.
Suplicio de un recluta en la arena
masticando nodrizas que huían entre percusiones
de lirios y de cartas.
Sí, es posible que deje de oirme para empezar
a cantarte
que una tradiciòn no nace empujando los ojos
o masticando silabas entre la arena.
Es algo como cerrar las puertas de un sueño
para en él quedarnos.
Quiero que mis sentidos no te conviertan en polvo
dejo para el amor ese trabajo.
Pero quisiera grabar una de mis huellas
en tu cuerpo.
Y a su lado la idea màs abstracta de la
luna.
Guillermo Paredes Mattos
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