Entonces la historia era un camino y no me
prometía sus alas.
Vì el vestigio colonial, las calles de madera
recordando presencias del mar y tigres.
Allí seguí un curso que la espuma conocía
como herencia
ofrecì calumnias de acuario entre las hojas
resistieron como lo hace el astro a lo lejos
sin mover sus labios.
Entonces diluí las tretas de otros animales
para convocar estrategias muy lejos
tan lejos que el confín tenía miedo de quedarse.
La aurora recibía el hechizo de extraños talismanes
los que vuelven de lo profundo para recordar
que todo se agita lleno de superficies.
Los que no tienen posada y entienden que sus páginas
son cometas parecidos a una poesía,
al canto de un lobo, en la orilla que es poseido
y luego arrojado.
Dí con el manantial de mi paladar amarillo
esquivo a las sienes en un hilo de tormenta
en denuncias calibradas por cabelleras de lana
aquellas que posaron en mi corazón amaneceres
ninguno como la aguja de este momento.
Doy sólo con paredes, me desnudo en las murallas
asciendo entre codigos para ver si los míos
aun tienen el tensar de ese nosotros
y hasta insomne soy cuando comulgo
en los aullidos de piélagos sedientos.
No me conoces aura, te borras en cualquier alarido
y está mi alma presta al cetro de una llamarada,
mis centellas han guardado un país para
lo que es posible
y otro para que nunca tenga una morada.
Y para respirar prefiero el corazón de una manada
porque su corazón está lleno de lobos.
Guillermo Paredes Mattos
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