Poesía
Yo que en una formula de sal fuí empujado
hasta el desierto,
que descendí un minarete entre la soledad
y escuche rabiosos juramentos
donde crepitaba hasta un firmamento el desvelo,
que dejé al rocío la tarea de crear un invierno
y perdí mi rastro en el báculo
que forma la rafaga donde nace un manatial
y pierde otro entre la nieve,
que viví sin construir ningun recuerdo
para no darle de beber al olvido,
que guardé este beso para mi luminoso infierno
ese beso que nuca dí, el que sólo asi se hace eterno,
que de él seguí la sombra de cada uno de sus puertos
y naufrago mantuve como la llama ese deseo,
que inventa diagramas mientras cruje
hasta el enigma de un frenesí la noche
y brota entre el maquina de una tempestad otro cuerpo
semilla de savias que recorren espejos,
que mensajero de horizontes construye hemisferios
una orilla de crestas que llevan los retazos
de una visión desplazada por el agua,
de una sentina dibujada por la aurora
presa del amor y del templario
incrustando sus espadas en la egloga
de un juglar desconocido.
Yo que tomo las orillas y las calles de tu vientre
y cuelgo los racimos en el alma
de tu sueño,
que no te aguardo si no es en mis ojeras
y que canto a tu perdón como a un yugo
de celestes caminatas,
donde un sol ardiente canta que has pecado
hasta una voz de pájaro,
este despertar de rocío
este anillarse en un abismo.
Yo que acompaño la noche hasta el amanecer
y que respiro, que abro crisoles y manantiales de madera
que jadeo y agito la página de una lluvia entre los unicornios
y usurpo de ella, hasta creer ese lamento
que al volver a la verdad se ríe de su sueño,
y de aquel que en un verso
trato de ungirlo hasta el secreto.
Guillermo Paredes
No hay comentarios:
Publicar un comentario