Era la hoja, el palacio del mar y en mi lengua
el movimiento era atroz como una ventana
llamada a despedazarse. El mundo
brotaba en la experiencia al desvanecerse
pululaba penetrando el ciclo de una aguja
y es rocío de manantiales que caen de lo alto.
Acaso un río de cristales y en mi efervescencia
la sal de un tremante quemando la luna inverosimil
su resplandor de pelo en cada objeto
la duda de quien teje novedades antes que
un zafiro, caiga del agua a los francotirdores.
Y no lo concibas.
No lo pienses.
Guillermo Paredes Mattos
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