No sé porque los mástiles me recuerdan mis ojos
el piélago en ellos que jamás he de ver
y el epitafio anunciandome el fín de este instante.
Todo termina en mis dedos.
Pero después de la palabra me sigo escuchando
y es más dificil que tentar el mar, que mirar un romance
de dos ojeras desprevenidas en los papeles,
allí cuando la mirada es de piedra.
No sé, si mi ciencia me llevará a una parábola
si mi camino sigue el curso del hado,
aquel que no conoce ni toma nada para seguir viviendo.
Debo latir para que sea inmune,
sacro en las reliquias
ministerios en medio de mi corazón
que no pude extinguir,
insomne espuma que aún me reclama y de ella
apenas la inocencia como un palco,
dilatando oraciones donde pisa el agua la hebra
de una aguja en los dedos.
No guardo de mí ni una imagen
todas las he entregado a las bóvedas
ningun pergamino me quiere,
porque conozco su secreto y alada entonces
la sangre contornea un desierto entre los cielos
y vasto, el sigilo me cuenta talismanes
donde anduvo la lluvia,
errante. Bastarda que huyó del cielo
y de los mares,
llevas en ti dos formas que no comprenderé jamás
dos formas de morir entre mis labios,
y ellos sólo tienen un beso.
Guillermo Isaac Paredes Mattos
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