sábado, 9 de febrero de 2013

Nautas







 
En las orillas del cielo, donde se alza
otra vez un jardín
un huerto desprendiendo elípses y orbitas;
y quien llama a la noche es un alma,
sumergida en el canto de rocío bañado
de marron, asi
las puertas donde la inmensidad  es peregrina
y nuestro viaje
sólo el encuentro hacia ella.

No, no pretendas ir donde es ungido un corazón
el amanecer de un elegido contemplándo el oceano,
aquella vastedad que habla de historias
envueltas por sirenas y eglogas de espuma,
cimbreando toda soledad hasta una pupila
desmayando su ascua en follajes y copas,
donde aprendió el ave a oir el secreto en su propio gorjeo
y donde agitó la naturaleza su vida antes de morir en él.

No quieras derramar lo que la vida no ha destinado para ti,
sabio es el mar que se entrega a la arena,
el manantial que en el desierto aguarda la sed
del viajero,
el universo que espera cerca del amanecer
el último exhalo de un hombre,
separándose lentamente de su propia latido
riéndose como un niño de su leyenda,
de aquellas estelas donde uno por amor
deja germinar a la inocencia,
para inmolarla en los ríos
en la sombra de un enigma y el huerto,
donde lo profano es brasa de mágicos demiurgos,
robándo la postrera herejía en el anochecer a la luna
y cuando esta agoniza en la marea.
 



Guillermo Paredes Mattos


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