No me nombra la inmensidad, ni ha parido alas
allí cuando buscaba mis ojos.
Su fé es igual a una religión, en sus coplas
cifrada está una vida
aprendiendo en escaleras de vidrio,
en pináculos dentro del piélago, no el que vemos
ese nos engaña como la verdad
desde la aurora.
Dónde voy a encontrarte, qué tendré que derramar
para que puedas devolverme ese momento
más allá de éste.
Qué naipes son los tuyos
allí cuando la lejanía enseña bandadas
y todas recogen tu magia,
en la caricia de lo secreto.
En qué oraciones navegas, que todas me confunden
cuando me acerco y tiemplas sobre agujas doradas,
el pétalo que no es hijo de la flor
ni anuncia renaceres de polen,
eso es para el que emigra entre sueños.
Y hoy, hoy puedo ser el mendrugo, las piedras
por donde cae el agua,
pero no puede buscarse.
El alquimista rociando de lunas
la marea,
para que un cuerpo diga un nombre
al entregarse a otro.
Guillermo Paredes Mattos
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