En el elixir de las tradiciones y los planetas
cuando las ciudades respiran voces de metales
y los caminos arden como un periplo de imaginaciones,
muelles que abren yambos de quietud cuando todo se agita.
Pero guardo de cada instante lo que nunca ha de pertenecerme
y recojo de todos los huertos la hoja,
mi alma está ebria de hojarascas y reparto en todos los caminos
una gota de un mundo que de este corazón no ha sido liberado.
Quiero la noche y quiero ese dolor que se acerca sigilozo
para formar sus constelaciones
ya las amé algun día,
más siento que volveré a amarlas,
que la nieve no perdona desiertos
y la flauta de una nave rosada,
es mas atroz en el agua que cuando yerra en los labios.
Mis sentidos son ahora mis mendrugos
mi luz en el altar riendo entre las piedras,
el aureo sesto de la soledad
inventando otra noche, otro corazón
encontrando de todas las quimeras aquella
que lo guiará entre los fuegos de la madrugada.
Madre de lamparas y cenizas
muestrame el arlequín de tus dedos,
la infancia urdida por fugaces campanas,
aquellas que oprimen el postrero soplo de lo sagrado
y lo apagan entre bordas de ángulos y linfas,
goletas de petroleo enseñando a un lecho mi deseo
esta historia sobre siluetas y efigies,
construyendo en el día el corcel que desnude toda claridad
y hunda esta ofrenda en la noche.
Guillermo Paredes Mattos