Sigilozos somos cuando un sentimiento busca sus altares
dentro de nosotros. Luvias y otoños lo han guiado al lugar
donde la nostalgia sin un recuerdo asalta rojizas memorias,
goletas entre hiàlinos aceros, donde un astro refleja el surtidor
del cual està hecho, pero sòlo la mirada lo toca.
Oh amor, me has hecho entre papeles de carne, ansiarte debajo
de la tierra y oì tantas voces yendo en tu busqueda, que ya no sè
si eres una voz o eres un destino. Mientras tanto cada sueño
es un jardìn colgando de Babilonia, una torre de Babel, una flor
que no puedo sostener mucho tiempo en mis manos, la ves
es quizà para ti, quizà puedas llevarla a esa noche donde en mi boca,
habìa alcanzado sòlo la muerte. La ves, me estaba esperando,
pero sòlo para ser descubierta, mis alas siempre volaron
debajo del cielo y las tuyas se abren entre marejadas celestes,
entre vertigos de esquirlas en la tormenta, en la brisa que trepida
entre lo alto, como una mùsica sin sonidos ni movimientos
invisible como el cancerbero de una mañana. Si hay esperanza,
para el espìritu que mora dentro de mi, la poso en tus pergaminos,
en tus historias de piel enterradas por el horizonte, sepultadas
por un aire de raices y manadas, soplando arenas de desiertos
allì donde la tormenta confunde siempre al hombre.
Oh amor he sido desgarrado, pero aùn continuo en las piedras
no separan jamàs su cardo de la lengua una silueta, no divide el camino
el paso de un cipres al que recita un movimiento de piedras,
un devenir de algas entre trampas de cera, una ninfa en los
dedos la ha llevado hasta ella. Una musa perdida entre viejos
regalos de la lluvia, donde el polen es el alimento de un mendigo
de una criatura con un velo en los ojos y sòlo la semilla
del màs extraño renacer -aquel al que nunca estamos preparados-
puede arrancarlo.
Guillermo Paredes Mattos
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