El lecho del cristal siempre es un cometa
un cuarto de granizo y un meridiano,
una honda presunción de palacios humedos
mirando caballos rendidos en la noche.
Quién separa los montes para recoger un hecho,
libaciones de agua recitan en estas cadencias
un paso de presagio, un andar de ceniza,
una contemplación de rojos encantamientos
una calle de evocaciones sobre un sedimento,
un mirar de naves colocadas dentro de mis ojos.
Llevo para el manantial un cuerpo de círculos
tan redondos que no caben en su forma
y buscan en el amanecer un hombre
el espíritu que ronda dentro de él y pueda terminar
su aurora, su corazón de alba vistiendo un cielo,
un nimbo de praderas que vagan entre pájaros
entre insectos de polen robados a lo divino.
Templos de un resquicio levantandose en la selva
de un flujo que hierve sus dominios de espera,
el ansia es quien toca primero las ventanas
la voluptuosidad quien deja sus pupilas
un corazón sólo recoge los restos
alla en lo eterno siempre queda el fuego.
Pero guardo en este palma un árbol
en él cada hoja presume un dios dormido
aquel que sólo es despertado con un labio,
con un beso de espuma que robamos a la ola
cuando ésta la entrega al romper en la arena
a aires de vacíos, a nadas que aprenden
ensartandose una noche entre sátiros e inocencias
el pulso de un verdor conquistado en otros sueños.
Guillermo Paredes Mattos
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