Elevo aires vacios, como una ventana cayendo del
sueño
una noche de necios, sostenidos por la niebla. Soy el
hastío
de un redentor mirando su treta, con el ojo calado
de un juglar inasible, rendido como el sol o el amor
en esa nieve de campañas, otrora manantiales de
iras.
Beso la espadaña de un río aprendíz de salvas
una estela subversiva cobijando estas cadenas
que las entrañas dieron como herencia a mi sangre.
Mi oración persigue la humedad de su propia carabela
y entre astrales hunos corren mis dedos anunciando mancias
grutas donde brilla el desamparo y retiene la pupila
su cuento de espadas, ese labio de puñal que vibra en
toda espuma. Me separo, me uno, respiro el cansancio
mientras inspirase un relámpago a través de piedras,
de siluetas que catapultan el ambar a corzos
invencibles
rutas de lirios enfrentandose en el templo,
de una cadencia impregnada de naves
hurtando extraños desatinos, huertos de barro
que trazan su pupila, en la conciencia de una pluma
que forma la marea.
En la cítara de cristales, de jade y crisolita
anuncia la pitonisa su cielo y despliega el cefiro
un color de llaves que abren cada dedo
en fulminantes campañas de idolos,
heraldos de músicas antiguas cual papeles
anidando la vida de un pájaro que jamàs tenso su vuelo
en otras helices, que reclama vidrios y cúpulas
que ensombrece el sol en meridianos de agujas
laberintos que reciben desde la pasión al viento.
Elevo calles que fueron amadas por murcielagos,
el canto de un paladar dentro de su brillo
cuando la silueta de su luz recorre la tregua
que la lengua dio a los hombres.
Pero no puedo tenerte corazón en ese credo...
Tù corres por colinas, tù cedes sólo ante las
cumbres
tù mueres entre águilas.
Guillermo Isaac paredes mattos
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