Hay un dìa y la mariposa lo ha enterrado en sus alas
las heridas de un perro que atraviesan el mar
el recuerdo de un asesino en cada suicida.
Allì emergen veletas de remotos plenilunios
carceles de minotauros abriendo crisoles
conduciendo hacia el vèrtigo a un muecìn,
presidiario de niebla encima de las aguas
cuando una boya igual que el sol se sumerge,
trazando su gloria lejos de la superficie.
Hay un noche y un terciopelo rojo como cielo
luces de enjambres y màquinas de angustia,
dispersos universos que en la inspiraciòn se juntan
y a veces tientan soledad lejos de un verso.
Un himno y un miedo de sal rondando las arenas
un romàntico en las espinas de las olas,
cuando la espuma empuja el corazòn hasta su pecho
y se abren ventanas de brasas y desasimiento.
Un mediodìa y el carbòn del diamante
el cenit del lobo y el aullido que destruye una araña,
una colina de llaves que robaron de tu amor
los circulos que entonces eran religiones.
Hay un yelmo y està en todos mis ojos
lejos de mì y cerca de mis entrañas,
ama al sol como a la estirpe de un condenado
como a esa altura que clama por nombres prohibidos,
por cielos y herejìas de tremantes, temblores que acaso
repiten la aguja por la que atraviesa el camello.
Maldiciones de nieve llevan sus inviernos
monticulos de seda para engañar a los lobos.
Hay un dìa y una criatura que sigue ascendiendo
hacia el golgota.
Hay un dìa y sòlo el amor lo convierte en cenizas.
Guillermo Paredes Mattos
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