miércoles, 12 de septiembre de 2012

Las Venas de una Escollera





Dónde mirará el mar, que ha perdido sus ojos
o acaso en las crestas convertidas en cenizas,
sus pupilas son ciudades errantes elevando iris ciegos.
Quién dijera aguas, que todo lo que quise no es verdad
y tendría que recorrer nuevamente todas las mentiras
deteniendome en cada fulgor para anhelar mi ignorancia
lo único que finalmente puedo llamar como mío
y esculpiendo una oración en ella para que no parta.
Y recorro alguna hoja porque ninguna me espera
y hacia el ansia como un navegante derramo reos,
como alguna vez esquirlas, indicios de penetrantes auras,
todas conduciendome a una soledad llena de espadas.
Cómo huir entre murallas que no me responden
yo que alguna vez tuve todas las respuestas
y amé artes y estéticas de bolidos, ciencias de herejías,
inhalando vertices donde se inundan las sombras
de una svastica posible como una mañana
o el pifano que a cambio de la vida despierta.
Dame un huerto amor y que encalle la rosa
que ahogue como el hombre un amanecer de muecines
de espíritus que labran aún con su silencio aquello,
que calma la sed de todo que se empina ante un horizonte
ante esa altura que has perdido ya de tus entrañas
y lejos, muy lejos en el cielo te espera.
Dame una campana amor, se el ave que recoge las distancias
y confundiendolas en sus alas, las entrega a mis ojos.
Déjame morir nuevamente en esa visión,
en ese hilo de desesperadas campanas
arrojando su soplo a lo invisible.
Y tú divinidad, que mi piel siga soñando en sus aspas
y deja a mi corazón ser un río.
 

Guillermo Isaac Paredes Mattos



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