Como un beso arrastrado por la piel hasta los
labios,
como dos cuerpos conducidos por el deseo hasta el
amanecer
como el vértigo marcando el hilo de la inspiración y
dejándolo
entre el renacer o la nada. La silueta de eternos
amaneceres
entregando el corazón al caos milenario, a los pájaros
que regresan de tu cuerpo, a ese epílogo de nupcias
entre mortales horizontes y los nuestros, los que
preñan
de inviernos y agujas la sangre.
Como un anuncio de aguilas que miran el abismo
su vuelo y delinquen nuevamente entre rosarios de
sangre
envueltos por el cielo, por la luz de un suicida esculpiendo
oraciones
en las piedras de sus ojos, cuando las figuras son
superficies
llevadas por ruedas de horizontes, invisibles
espinas
jurando fidelidad en nieves de botellas,
en catálogos mar, en mares como el piélago
el que no sabe de ritos y borrase entre azules
callejeros
voces donde nos miran los veleros ,
y cada uno recibe una pregunta
un aire como el sol o la luna de una carabela,
de un amplio surtidor de fábulas
de otoños ardientes como un barco turbador
o ese ángulo que quiebra la voluptuosidad
de un minotauro, de una lluvia en un lecho de
granizo.
Como un mar que roba luces a los sueños
para mirar en nuestra oscuridad,
como un jardín de amados plenilunios
todos recogiendo retiradas de naipes y hambrientas
soledades que preguntan por nosotros,
y entonces ofrecemos un labio
el recuerdo de una saliva
emparentada sólo con la distancia
y con los desiertos.
Guillermo Paredes Mattos
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