La noche me presiente en mares de civiles
en pasiones de ambar bebiendo soledad de todas las
ventanas,
urbes de plomo soplando el aire.
Era quien decía debajo, entre las hojas
el que no podía repetirse a si mismo,
el vencido en su propio trecho, inclinando cenizas
en cualquier farol, en el seno de todas las
esquinas.
Era la unción renaciendo en los partos
mientras un sol de mercurio
gastaba inocencias frente al árbol
herencias de sepia,
mortecino verbo huyendo de los míos
de ese cardo invisible lejos de las naves,
donde el tiempo es celeste como una reliquia
y las nubes se separan para encontrar sus huellas.
Era el frenesí de un pacto que no creía en treguas
la fiesta de un día solitario, abandonado en su
muerte
indicando astros dentro de la tierra,
en el hilo subterraneo de un dios dormido
arrojado por un mago hacia lo más profundo
allí donde sólo el espíritu lo puede regresar.
Era bardos de emoción donde el mar camina
brújulas indescifrables de una herida
ardientes espinas de una hoja
lastimando el canto que sepultaba arneses
gotas de impresiones azulando el viento
el martirio de un clavel rotando baltico
el cefiro de un rostro invadido por la la arena
en una orilla de tardes mordiendo resacas,
virgenes de alas inclinandose a lo remoto.
Ojos que aún resisten igual que una proa
surge en ellos el simbolo de un condenado,
divisa el perfume el rito de su celaje más secreto
y en el agua de las hojas, su corazón respira.
Guillermo Paredes Mattos
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