jueves, 5 de septiembre de 2013

La Estela del Barco





Somos dioses cuando soñamos
                                                                          y mendigos cuando estamos
                                                                                     despiertos.
              
                                                                              Fiedrich Holderlin.

 
 
Fiel a un designio y transparente como el astro
manchandome de ríos en la marea, de encantamientos
que respiran en el ala de la mariposa y recogen
como invisibles maleficios aquel que llevamos.
Y despierto lleno de impresiones y de brújulas
máquinando un espejo para mi sed, una sensualidad
que recorra su vida y no la mía. Una calle de suburbios azules
reconociendo en la soledad la trampa de un rocío,
de un silencio ebrio de svasticas y cometas. Hojas
como una ambición de sonidos, embarrando de carceles
la herencia destronada por un río. Leal a una inocencia
que llega de extravismos, que errante anduvo entre la sangre
como un manantial que busca en todos los planetas
pero en ninguno se queda, instar aladas monarquías
dentro de la carne, de ese juglar extenuando visiones
cristales que de todo nos separan, brios de audiencias,
con mercurios inundando hojas, el álbor
de un coro que recoge un mar, una ventana
borracha de angeles, un crisol lejos de las runas,
cuando sólo el pájaro se detiene para leer en los iris.
Ah, que lejos quedan los vidrios, que rendida llama
lleva mi camino, juro en mi estela mi vicio de nadas,
mi sentina amarilla que conoce la treta,
que sabio soy entre mis ojos, que devenir más pueril
me ha dado la ceniza, que reino de tempestadas
marcando desde la aurora mi respiro, mi ala de magnesio
insinuando un alma, un canto donde todo corazón empieza
a desplomarse.
 
 
Guillermo Paredes Mattos
 

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