Recuerdo el amanecer
porque su vida era sòlo las cenizas de la noche,
y cada exhalo derramado en mis entrañas
era el himno de un dolor que llegaba desde la muerte,
solo, ignorando el infierno al cual su espìritu era conducido.
Cristalina criatura, ambar de espuma y de savia,
oyes todavìa el despertar de ese fuego
que en mi sembraste,
el anhelo desapareciendo entre lagrimas invisibles
aquellas que en lo inasible,
aprisionan el desmayo y lo entregan a manantiales
donde la creaciòn desaparece.
Dònde caminamos entonces,
bajo què cielos contemplamos el que es para nosotros,
què camino elegimos cuando cae la aurora
y junto con el ùltimo astro,
los àrboles recogen el brillo de aquello que convertido
en luz, no quiere morir en el cielo,
què constelaciones se oprimen en el follaje
que ante èl, como un dios desesperado
ofrecemos otra vida,
aquella que dejò ese sepulcro donde ahora
yacen los astros,
ese santuario que en nuestra sangre
ha dibujado otras cicatrices,
alambres de ensueño y de vertigo celeste
dirigiendo amaneceres a ese extravìo llamado corazòn
y a esa trueno de ansias llamado desvelo.
Guillermo Paredes Mattos
No hay comentarios:
Publicar un comentario