Yo que en una formula de sal fuí empujado
hasta el desierto,
que descendí un minarete entre la soledad
y escuche rabiosos juramentos
donde crepitaba hasta un firmamento el desvelo,
que dejé al rocío la tarea de crear un invierno
y perdí mi rastro en el báculo
que forma la ràfaga donde nace un manantial
y pierde otro entre la nieve,
que viví sin construir ningun recuerdo
para no darle de beber al olvido,
que guardé este beso para mi luminoso infierno
ese beso que nuca dí, el que sólo asi se hace eterno,
que de él seguí la sombra en cada uno de sus puertos
y naùfrago mantuve como la llama ese deseo,
que inventa diagramas mientras cruje
hasta el enigma de un frenesí la noche
y brota la màquina de una tempestad otro cuerpo;
semilla de savias que recorren espejos,
que, mensajero de horizontes construye hemisferios,
una orilla de crestas que llevan los retazos
de una visión desplazada por el agua,
de una sentina dibujada por la aurora
presa del amor y del templario
incrustando sus espadas en la egloga
de un juglar desconocido.
Yo que tomo las orillas y las calles de un vientre
y cuelgo los racimos en el alma
que pertenece al sueño,
que no aguardo si no es en mis ojeras
y que canto al perdón como a un yugo
de celestes caminatas
donde un sol ardiente relata que has pecado
hasta una voz de pájaro,
en
este despertar de rocío,
en este anillarse en un abismo.
Yo que acompaño la noche hasta el amanecer
en mis sueños
y que respiro, que abro crisoles y manantiales de madera
que jadeo y agito la página de una lluvia en mi
propia cosmogonìa
y usurpo de ella, hasta creer ese lamento
que al volver a la verdad se extraña
ante alguna de las palabras
que allì existen.
Me extraño sobre todo de recrear siempre
su universo.
Un universo que necesariamente para vivir
tienes que definir en un mundo.
Llenalo de algas y vellocinos
si tù quieres.
Guillermo Paredes Mattos
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