miércoles, 10 de abril de 2013

El Fìn de los Unicornios










Una luz, un huerto, eso es todo, el ópalo 
de una aguja en mis dedos y la noche abrazada como 
un animal al desierto. Recuerdo, vasto era decir un retazo, 
amainar en los iris un brillo, sepultados ya en mi memoria, 
como un dios amado, aquel que no supo esperarnos. 
Rondas todavía el enhebro, mareas de rojo, latigos y veleros; 
quién responde junto a la tarde, quién lleva la imaginación por colinas 
y despide suicidas de latido, estigmas legendarios como una alambrada 
o el ruido del sol cuando cae en la arena y el mar lo recoge. 
Una piedra, una ciudad  de verde recibiendo un corazón, 
la tierra es un barco aún, una impresión de pájaros sedientos 
un mago que mira su destino y lo entrega al hombre 
sólo por ese brillo en las pupilas memorizando dioses.
 
Seres planeando sin alas por el cielo 
sacerdotes de sal, alados en cada celaje, en cada tremante 
desesperados en su propia belleza, sin mensajes 
para los que no pudieron apagar sus ansias en sí mismos 
y aguardan que otra soledad los tome. 

Pero no hay soledad que no resista más que el peso de sus ojos 
soledad que no lleve más que aquel a quien ha elegido. Cruza 
la noche un alma y la del universo, atraviesa el espíritu hemisferios 
y con él cae el eter, humedeciendo su devenir en terciopelos de ceniza 
y polvo, dibujando figuras de islas y cronopios, guardando indicios 
en husares y naipes, en bronces empalados por la espuma 
y ungidos sólo por la cresta. Allí he clavado mi vida, mis manos 
enseñan en la noche sus heridas a los astros y sus orbitas, conducen 
esta cruz hacia la nada. Ese es el fín, llegarán cada amanecer unicornios, 
pondrán sobre mi mesa candelabros y aspas, en la penumbra diré 
que son sólo molinos, estelas conduciendome a amaneceres de cera. 
Y de nuevo todo habrá empezado. 


Guillermo Paredes Mattos

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