jueves, 4 de abril de 2013

La Rosa de la Trascendencia






Para qué. Sigo colgando el oceano muy dentro de mis ojos 
para no tocarlo. 
Abrigando el ondear de un heraldo. Aquel que sólo en la mirada 
puede detenerse. 
Marcho a los confines para templarme en llamaradas, 
pero es el espíritu quien llama. 
Uno se detiene mil veces en la sílaba, porque el dolor es perverso 
como la linfa entre los dedos. 
Y suceden existencias debajo de los barcos, donde los yelmos 
reposan, aguardando sus astros. 
Y se divide un estro en el sueño, tejiendo péndulos de agua 
dentro del desasimiento. 
Pero es el arte de un purgatorio la hierba donde el recogimiento 
perdura como un manantial de acero. 
Ah, mi inicio es tan extraño que no puedo despertar y camino 
con botines de nieve en las piernas. 
De mis zapatos pudiera cantar y decir, pero sólo son roces 
entre huidas de tigres y montañas. 
Dame un mar luna, donde nada pueda ser conquistado, una hoja 
que no lleve un destino amarillo. 
Sepulta el iris y su membrana de cadencia, que el latido huya 
lejos del corazón, pero no entre pájaros. 
Que no tengan mis pupilas la orilla de aquellas caravanas 
que insomnes tejen figuras en el aire. 
Y recuerdan en la ráfaga que la tormenta una noche 
escapó con la creación de las manos. 
Que tenga el eter el motín sagrado en un amanecer 
donde son filosos trenes ilusiones. 
Y que en las traviesas donde debo descansar mi voluntad 
se persiga hasta el principio el anhelo. 
Ese que es principe de grutas y cavernas donde sueñan 
todos los laberintos 
como una ciencia de orillas que dichosas cabalgan entre 
las piedras. 
Ah, esos caballos han muerto para dar la rosa de la 
trascendencia 
y ella ha visto un ardiente marchitar en cada suspiro 
pereciendo en una idea. 
En aquella herida inclinándose entre estelas donde 
la inspiración vuelve a elegir su sueño. 

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