Oh Dorada luz del amor, es que brillas tú también
entre los muertos.
Friedrich Holderlin
Ayer como hoy repara un astro en cada tempestad
y refina una centella el eslsbón de un viejo huracan
complice de sirenas y soledades. Llevo entonces
coronas de ángeles para mis muertos y embiste la brisa
esa ráfaga dorada de cada corazón que me toco arder,
conducir hasta lo hialino donde a veces renace un sueño.
Ubico entonces mares de engaños, lugares donde
sólo el pensamiento vuelve más profunda la noche,
y toco la unción equivocada, las centurias incendiando mis ojos
en la penumbra, me pregunto quién habrá contemplado ese brillo.
Quién me habrá encontrado cuando estaba lejos,
cuando la distancia mira con sospecha al verbo y al espíritu en él,
cuando los árboles se acercan para cumplir una promesa
una hado de verde y ciudad de máscara y prohibido.
Quién me habrá visto llorar con mis muertos.
Ayer como mañana junto a una luciernaga
en la clepsidra donde la resaca recuerda con pasión a
sus malechores y el devenir se raspa entre la realidad
como el tañido dentro de una campana. Y dice el hado
que en los brazos del mal también hay una ojera
una batalla de guerreros heridos por la noche,
resacas de furia donde aún despiertan titanes de agonía
suaves espirales como la marca de un dios, resuelto
a una batalla en medio de crisoles, asesinando en su sangre demiurgos.
Sí, este el beso de mis muertos, cada madrugada me uno
a un guerrero para recoger de ellos sólo altares, estampando
entre pétalos sus cadaveres y cada madrugada
a ellos y a nosotros por ello logra recogernos la rosa.
Guillermo Paredes Mattos
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