De cada purga una oraciòn es sindrome de un rìo.
La acùstica de ese veneno
doràndose en una espina de acero.
Lejos o cerca de un idioma.
De cada lista, en una escena de lobos.
Poseida por el agua o la mùsica de un encantamiento.
Rondando en los parpados de un dedo.
Para ellos la sepia y el cartilago
una luna de carbòn
para ellos este mal que nunca se encuentra.
Y como corre entre lo literario,
verè arder sus atrios
antes que lleguen jueces y verdugos
lo persigan sonambulos en los collarines,
al lado del estrado o la cùpula
de lo que se siente.
Sì, arqueàndome entre la sensaciòn señalo.
Docil como una fuente de arqueros
disparando dardos a los astros.
Frecuentando salivas de barro
o a esa idea que trama poderes muy semejantes,
concebidos mientras la hoja nos detiene
en un crotalo de tinta.
Sì, desnudo en el incienzo del relàmpago
amparado en trotes que danzan.
Dudas de placeres traicionados por la arena
por un invierno de virtudes
asolando fardos
educaciones de fe en el metal,
ruidos de fondo en las sienes.
De cada espuela en el histriòn del halo
supurando la ultima victoria de los ojos.
La realidad es como un valor que nace entre prisioneros
un coro de percusiones
dotadas de murallas donde grita un niño
perverso como el horror de una silaba amarilla.
Guillermo.
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