martes, 8 de noviembre de 2011

El Naipe Rojo

En este universo donde aprendí
del agua y del sueño.
Cuando empezaba en la luz a derramar
una gota de vidrio.
En el instante de la jabalina y de la antorcha.
Tan antiguo como un hermeneuta que cuenta ciudades
a través de su boca.
Yo soy este mástil, mi navío cruza los cielos
e igual que el cielo
para ver mi reflejo tengo que mirarme en el mar.
Elegí, lo mismo que el viento el lugar del hemisferio
para azotar la ráfaga
y entregarla una y otra vez a los cefiros
domada, hecha inocencia
porque la inocencia
es uno de los exhalos de la inspiración.
Soy tan profundo que tengo miedo de rozar superficies
por eso me leo a mí mismo
y si quiero hablar de la creación
miro a mis entrañas.
Mi ironía es lúcida
como una tormenta arrastrando existencias
o intensidades de árboles
en el rito del murcielago.
Soy un nombre
pero más que un nombre soy una experiencia
un fenómeno que desciende de los celajes
para agitarme junto al cuello
de la providencia.
Nunca he sido invitado a mi mundo.
Yo mismo me lo he negado
hay un lugar de mi soledad que no lo merece.
Hay en esa pretensión una mortal sutileza.
De mi ignorancia conozco tanto el mar
como el suplicio
y como la ola o el relámpago
me bato solo contra las piedras
o lo alto.
Por ello a mi lado
hay un icaro que cae a cada instante muere
sin haber tocado el cielo.


Guillermo Paredes Mattos.

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