Poesía
Me incliné en la orilla,
pues legendaria contaba la arena
que alguna noche el mar había convertido en cenizas
tu cuerpo,
y de las olas
mi boca tomaba la espuma para volver a amarlo.
Yo te busqué,
pero en mis labios sólo había una aurora
y en ella resistía una estrella,
su brillo ahora es el signo que pervierte
cada noche,
y doblega el sacrificio
hasta aquella alada soledad,
donde nuestros ojos cifran su locura entre los mástiles
y nace la sensualidad en medio de las aguas,
en ese roce divisado por el eter
y en él condenado.
Pero te avisto aún, donde la escollera
ha descifrado mis entrañas,
y el muérdago es la savia donde tiempla
la creación como un abismo este instante.
Los dioses dentro de mi danzan hasta la muerte en él.
Guillermo Isaac Paredes Mattos
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