Hay palabras que son demasiado lejanas para pensar que son nuestras.
Se acercan con aquello inasible que cifra la llamarada
en cada estandarte de niebla.
Son verbos tan pesados como la oscuridad, son alardes de
un alambre desconocido y linguistico,
demente y primordial como un antepasado
en las espinas del arte.
A veces ante ello, me pregunto para què morir en la realidad
si puedo morir en ellas.
Si es tan fàcil clavar una en las manos. Pero las manos
nunca aprenden del pecho, se alejan del corazòn
como ese pàjaro de mimbre en la distancia.
Què clase de corazòn agonizarà en la distancia..
Hay lenguajes, sì, comprendo que en ellos nada està bien
que su paso es anfitriòn de un personaje
arrastrado en el suelo
por crines de luminoso conjuro
llenando de talismanes un soplo, esta soledad
con mirada de cuervo en mi cuarto,
èste cuarto que tambièn puede llamarse habitaciòn,
èste abordaje de transparencia jugando
en los carbones
como una manìa, un objeto sin agua o las
auras que dan a la conmociòn el itinerario
hacia el brillo.
Me pregunto cuàndo comprenderè la voluntad
escondida en una llama.
La memoria cifrada en una ceniza.
Esa visiòn cuando el universo huye en los hilos
de una tela, tejida por crisalidas de viento
por gusanos de ansiedad y serpientes de lodo.
Cùando dirè cuando, de manera que el espacio
dè tregua al exhalo de mi propia civilizaciòn
a modo de confìn
de resaca y marea, de evoluciòn
que crea epistemològicos dioses.
Asi podrìa mirarlos.
Asi desde lejos podrìa soñar otra realidad
y la maldiciòn de otro conocimiento
sin ningun equilibrio,
sin ningun poema,
sin ningun verso en el tiempo, exhalarìa
derramando sus arquetipos inutilmente
en todas las dimensiones de
aquello pronunciado en lso àrboles por la creaciòn.
Guillermo Isaac Paredes Mattos.
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