Los arboles de nieve
Mi evolución es una herida y desciende de las hojas,
de serpentinas humedas en una palabra, aurea y desnuda,
naufraga como un cristal entre botellas... Mi amor dirige
entre ópalos de nieve una marea, un lugar como la voz
la oración del mar deteniendose en la orilla
buscando al hombre, al sigilo en el verbo, a la luz
que tirita, al agua iluminada de espíritus que beben
a través de la neblina, cuando algo como la oscuridad
nos recoge para encontrar su brillo. Mi evolución
sigue el sendero de diamantes olvidados por la marea
por el tiempo de un candelabro develando sentidos,
calles invadidas sólo por la luciernagas, por centellas
y bolidos de un invisible frenesí con los astros,
con lo que mira el mar, con lo que contempla ese anhelo
que expone en la ráfaga un día inasible en los parpados
en el interior que fulge rozando superficies, voces
como una aguja en el viento, murallas como un soldado
en la copa, despidiendo clorofilas cuando pregunta
el cenit, el perihelio de una campana, la escollera
de una copla venciendo algas y ciclos, ruedas de naves
sobre el color de la penumbra, cuantos días abrimos
feretros entre la magia y sus ausencias nos decían
que todo lo olvidado es una leyenda perdida
un dios que ya no vuelve a hablarnos, un cristal
que cierra sus puertas para ser amado por la nada.
Impresiones de sal para sedientos insomnes
la demencia de esta mafia se envuelve entre pocimas
y cree la soledad que mi corazón pertenece a la lluvia
al racimo del ambar, a la clepsidra aprendiendo
a tomar el tiempo desde la arena, desde ese milenario
lugar del átomo y del elixir, residiendo en esa distancia
transformada en un pájaro y mi amor en un árbol de nieve.
Guillermo paredes mattos.
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