Fuè un conocimiento suicida
el que escribiò mi soledad.
Fueron sus alas aquellos dioses encontrando
mi lecho,
el instante y la brùjula donde
ninguna estrella
miraba sus pulmones y un dìa
evoca bicicletas de muertos amarillos.
Fue esa noche donde los alamares
envuelven trapecios
y se presume del hilo
como de alguna conexiòn con los hados
y recita el dedo su virginal martillo.
Ven amor, espìritu de infierno en mis venas
ni siquiera un demonio llegarà a rescatarte.
Junta violines de duendes en tus pàginas
hasta que seas aborrecido,
que sea tu memoria el conocimiento
de àrboles
y leyendas
y como entonces en lugar de ciudades
miraremos la linfa
y como entonces en lugar de calles
caminaremos por el velo
y en vez de hombres
seràn violines de duendes
quienes se inclinaran en el oido.
Fue un duende,
su muerte aùn tiene estelas de trigo
y una dimensiòn con el polen
junta sus invisibles abejas
para desafìar a los mares.
Habla tentaciòn
no somos tan temerarios como parecemos
pero mordemos cada noche
porque el aura llega con mascaras de nieve
serenas en la eufonìa de un madrigal purgatorio.
Transparente. Ludico. Tenebroso.
Pero dejando danzar en mi boca
el violin de sus duendes.
Guillermo Paredes Mattos
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