El que quier frotar el desierto, que aprenda a frotar u
una lámpara...
A nosotros los espirituales deberian despertarnos
con latigos.
Saber que la experiencia a nuestro lado dura demasiado
poco, casi nada.
A nosotros, deberìan amarnos con odio, lejanìa
y violencia.
Asi la indiferencia, podrìa transformarse en un poder
casi igual aL sentimiento.
Tambièn deberian comprendernos sin culpas, inocencias
y castigos, aùn reimos en todas las miserias.
Los altares tienen el significado de un mal alimento
de un pesado metabolismo.
Ahi en ellos una indigestion de carnero cuando no
de borrego, ademàs enfebrecido.
Entre nosotros nadie deberìa respìrar, si quieres seguir
un camino, aprende a construir y destruir el tuyo.
A nosotros los espirituales, desde la enfermedad han
de comprendernos, nunca llevamos rocios a nadie.
Jamas compramos una rosa, nunca volvemos sobre lineas
muertas, tampoco estamos detras del inicio.
Amamos el sonido ensordecedor del infierno, el agua
maldita de las inflexiones.
La libelula del estanque y una que otra formalidad
paseando su veneno por la sed.
Tmbién sepulcros y no porque en ellos
la muerte sea de cadaveres
es todo lo contrario.
No tenemos ofertas, nos alejamos de los mercenarios
y los que venden su opiniòn en las ojeras.
Ese intelectualismo es poesìa de magnificos redentores,
de democracias y teogonìas.
En el fondo se arrepienten de la fè para regresar a ella,
no conocen otro circulo.
A nosotros lo espirituales, antes que alguien nos cerque
desde la muerte habremos
amado sólo dioses
enfurecidos.
Y entre asesinos de inmensidad, la eternidad serà una
manzana omnicieste tragando barro
y arena.
Y la solitaria caminata del acero, entre el bronce.
Guillermo Paredes Mattos
Lima, 2005
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