Oscilando en lirio de fuerte cruz, van los aparejos. Llevan el miedo de andar como los cetros, inspiran retornos que son trayectorias y el halo del verso sosteniendo un alambre de espinas, aquellas suspendidas en las alas de un pájaro, miran.
Yo recorro sus calles, son movimientos de insignias, jardínes invisible de fábricas y comentarios, el distico de la nieve o un ardiente frenesí, seguro entre sus laberintos porque la noche es idea de ser o existencia, la entidad sumergiendo en el barro otra vez el diluvio, la lágrima del holocausto, la mirra que cae por las murallas de un palacio, cuando todo se pierde, cuando todo se borra y el arte es predicar un prejuicio, el mas intelectual, el que nos ha engañado porque creemos en el como un secreto.
Què lucidos manifiestos llevan las dimensiones, cartilagos de epiteleos celestes, maldiciones y ríos de frío, allí la inspiración detiene una razón para que la modernidad exhale opalos y sepías, pero ahora es ironía y camino al lado de un astro para ver como cae, ellos también están hechos de pies y gargantas. Perdónenme este acento, es la burla de cierta ignorancia conquistada en la ceniza, el polen de mi maldición y digo mía porque me pertenece como esta mesa, como esta cuchara o un silencio que plantè en el agua, igual como en un jardín la hierba planta condiciones.
No conozco, sigo en el conocimiento de arneses clavados en la punta de la nieve, deslumbrado por hondos balticos boreales, astral es el himno cuando vuelve elegía cualquiera drama, esa novela de nombres durmiendo en los dedos y asolando el festín de esa orgía que lo divino ha cruxificado en cada sombra o en cada luz y el hecho es que no sólo la poesía lo encuentra.
Guillermo Isaac Paredes Mattos
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