En cada raíz un criminal, un misterio de rojos.
El dios trashumante y el hombre poseido.
Los elementos carnivoros del agua
y testimonios.
De cara al evangelio un angel histriónico
busca espacios de mirra clavados por el sueño
en coronas de barro y luces de madera.
El día es sepulcral, despierta ese trono
donde dos mares perseveran dentro del pájaro
y recuerdan que el vuelo sólo
es el ojo del verbo.
Máquinas de espectros y tesoros
el día se hace igual a un purgatorio
sólo que nada purga condena
y el dragón es un ojo y la mirada indómita
propia de un halo entre verdes demonios.
En cada raíz un terminal, una dinastía de rostros
empujando la corte de inquisidores de arena
succionando biologías entre la existencia y los árboles.
Después un noctambulo
su diurno espejismo,
la espada de un calendario
y el vicio de sus maleficios,
tocando el espíritu de todas
las cosas.
Guillermo Paredes
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