Desciende el pulgar de una marejada
desplegándose en ún eco. Como un silencio que sigilozo
amenaza el sonido.
Detrás están los labios, como una presencia que irradia
centurias de pelos, cabelleras en el ambar
de todos mis trapecios
aquellos que forme bajo la luna para inventar
una noche dentro de la noche.
Desciende en un cristal que modifica plagas
candelabros que aún incendian el lugar de la libélula
purgatorios que mecen su alma de gemelo
entre la lluvia, nada, sólo el retiro de una marea
ha dictado el infierno en las pupilas
por ello cada amanecer escribo a mis demonios.
Misterica la huella que aún celebra en la hoja
su pacto con el pergamino.
Solitario el pájaro que cae convertido en palabra,
esa extraña maldición del espíritu.
Sabio lo que se aleja de los precipicios azules,
allá los astros que aprendieron a sostenerse en ellos
sólo quiero los que pueden acompañarme
y si no tienen ya nada que decirme los entrego
a la ceniza.
Desciende la mano en el lugar izquierdo de mi nave
clamorosa en su ciudad de perros
devastada en su capital de lluvias.
Desnuda en el tropo de una democracia con
el barro
cuelga de la nieve como un murcielago herido
alza sus grutas en descomunales estros
no sabe de granizos, no recuerda sus papeles
pero muerde a cada instante un hecho,
la experiencia cayendo en sus entrañas
como un centauro de alas rotas
despertando muertos.
Guillermo Paredes Mattos
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