Yo vago en la albúmina de un dios y de una hoja
mis labios no recuerdan su palabra, ella presurosa
se devuelve a cada instante a la nada para ser creada,
para darse de beber, sedienta del tiempo
como un brújula de movimientos, ardiente el ala
como un pájaro en el vuelo, se sostiene desde todo
y todo se sostiene en su halo, tembloroso,
como esta luz que escapa en mí, que es mi tregua
que es calabozo de ultrajes y columpios
errantes como el mar en sí mismo
en su jardín de espuma suspendiendo un rito,
una voz como el misterio o algo de festín
marcando helices mientras se apaga un anhelo.
Vortices que en cada corazón reclaman
llevo los barcos a su rada invisible, propicio
ventanas mientras cae el reflejo sin saber a donde
y se estira una goma en las manos, elástica
como un naipe en su credo, como una noche
en sus estrellas, en su candelabro con tufo
de cometa, de tiritar amarillo y arena
de espacio que consagra naves a los dedos.
Mi piélago esta rodeado de píel y asciende
por mis brazo, su puerto mora en mi cabeza
su amarra se nombra inspiración y jadea
dentro de mis ojos. Más allá de ellos,
nieblase en batallas con el estro, suplica
un himno entre sus religiones, reta a su sombra
en la danza que incita una silueta, una forma
de cetrina luna restando llamas al sol
y guardando números para su sueño.
Guillermo Paredes Mattos
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