sábado, 18 de enero de 2014
La Voluntad de la Tristeza
No quisiera este corazòn como brùjula de
todos mis pasos.
Pero no se trata de lo que quisiera.
Y yo estoy triste como si sumara todas
las tristezas del mundo en mi vida
y asumiera absurdamente esa pretensiòn:
pretensiòn de que toda esa tristeza le
pertenece a mi vida. No estoy hablando
de hipotesis -dejò de serlo hace un instante-
estoy hablando de algo
material como plutòn o saturno ahogandose
en las lilas.
Hoy debo ser triste porque es lo ùnico
que puede hacer el mundo por mì y lo
ùnico que puede hacer la tristeza. No
deberìa sin embargo ser asi.
Pero tampoco se trata de lo que deberìa.
Y lo màs extraño en este dìa es que tentado
por el atardecer, me sentarìa en un jardìn
para recitarle a las flores que llegarà un dìa
tan antiguo como el apocalipsis para dejar
de buscar en la mimesis de los arcanos
el elixir de este intento de ser reminiscente.
Esa reminiscencia por ser trascendental me
encuentra tan triste; jamàs como desearìa.
Debo repetirmelo: no se trata de lo que
desearìa.
Yo que me debo a la dialèctica y los bosques
parmenideos. Que me sacrifico en amaneceres
sin agua y ladridos. Yo que ojeo la puz para
colocar en su devenir cintas rojas, no quisiera
escribir. No debì escribir que estoy triste.
Pero sì, està bien, lo sè.
Hoy no se trata de lo que quisiera.
Y tampoco, mucho menos de lo que deberìa.
Guillermo paredes Mattos
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