Esgrime en el cielo un ave el laberinto de halo
que dice misterio.
En esta noche debería crear algo como una ventana
vibrando en las manos del eter.
Pero era mi periplo la sabiduría de una soledad
acariciando sus raices.
Tensada por el amor en reinos de mejillas donde
sólo la brisa es el llamado.
Hilos de pitonisa en cada madreselva, veo la galería
donde el universo me dió su peso.
La balanza dentro de la voluntad donde el todo
adquirió respiro de desmayo.
No debería encontrarme entonces con sus ojos, con
su pupila arrojando llamas.
No debería detener la danza en mis dedos y suspender
el principio como la arena.
Veo la orilla, en ella el cielo olvidó su reflejo y el mar
tensó en su alma lo insomne.
El cuello del cisne donde invocaba una mantis, el puñal
del miedo entre los manantiales.
El hijo de una pródiga dinastia de mercenarios libando
el pudor en horrores de seda.
No debería el desierto conocer el exilio hasta el momento
donde no queda nada.
Ni siquiera el labio pronunciando en la misericordia
la silueta de su reflejo.
La divinidad de un barco impregnando la distancia
de intuiciones.
Un rey que en una balsa desnuda finalmente el exilio
gravido sólo de horizontes.
Tengo uno para mí invisible y diferente cada madrugada
su voz es de rocío.
Guardo de esas memorias lo que no ha de amarse, lo que
sólo es para el canto y los ojos.
Qué dirían éstas pupilas si abandonaran la mirada, que leyendas
entonces contarían.
Qué legendario en mi boca un aprendizaje sería una mafia
de bosques y lunas.
De rabias que detienen el curso de la marejada a través
de otros estros.
Pero dios ha de amarse juntando cenizas en la madera
de todos los lamentos.
En las ciudades donde la sombra aprende a maldecir
la hojarasca de la libelula.
Y una canción desciende de un espejo hasta convertirse
en mi boca.
En este cometa listo para partir a cada momento de
mis dientes.
En este bolido que tritura la vida que lo lleva antes que aquello
a lo que fué destinado.
Ah, el destino, sigue siendo un yelmo de vidrios rociando
de caballos el norte.
El equilibrio de fuentes de espuma donde la hormiga escribe
de brocales.
De mistericas denuncias donde el juicio reclama para sí
otra herencia.
Un estambre como un jugador de naipes arrastrando
hacia el castigo su deseo.
Guillermo Paredes Mattos