martes, 6 de octubre de 2015

Las Torres Boreales







Como un ala suspirando en el jardín desierto de una noche
y en su vuelo aquella intimidad a la que un nombre olvida
y uno se separa del mar antes que lo pronuncien los labios.
Pero era en tus ojos el ruido azabache de la tempestad
la boca dirigiendo un planeta azul entre la mía y el iris
de un sepulcro protegido por ventanas de escudos.
Tú sabes que la inspiración se deslumbra cuando no queda nada
cuando algo insomne desde el mar revienta en las pupilas
algo como una memoria y nace desde cualquier imagen.
Tú sabes que cuento ídolos mientras la arena esta sola
y en una urna indicios de efebos terminan con un pubis amarillo
igual que un enjambre de una noche quieta y rota.
Yo pienso en los juglares pero no, no hay aquel que sepa
yo pienso en trovadores pero no, no hay aquel que sienta
y a través de un espacio el silencio agita sólo montañas.
Claveles de sed, una pantera iluminada por iris estelares
por este manantial donde un homicida recorre sus muertos
para ver como es la vida cuando en la tierra no suspira.
Ventanas de lunas donde nacientes son los espejos
muladares de medallas recorriendo trenes de perros
junto al rostro hay un aire tan ardiente que lo quema todo.
Y emprendes en sus ojos un camino de talismanes
un granizo de coral tejiendo su lumen de aventuras
su caravana de adioses donde nos elige el rocío.
Escuchas, el destino es un fulgor, la divinidad el brillo
y en cada soledad no hay musa que comprenda de ciudades
de una razón arañando los rincones como una telaraña.
Yo soy de frío, a veces de fuego, me miro y me encanto
desde clases profanas, mi educación aún es de agua y robo
y miento para que el amor nunca pueda encontrarme.
Qué puede contarle un dios a otro dios cuando no hay planetas
me aburriría de ver sus pupilas porque aprendí en las mías
y no hay regreso sino espirales donde se humedece el sueño.
Toma este viento cielo, que ruede en tu cuerpo como la vehemencia
o un río que voluptuoso vuelve a coser sus mejillas, para que en
el mar no se pierdan como en las entrañas sus ojos.
Haz que sus labios se repitan en los tuyos maldiciendo una hoja
porque el verdor no ha de ser jamás nuestro, pero oyendo
allí una estética donde sólo las yemas descienden de ciencias.
Hoy esta noche no hay un canto sino es esta danza de fulgor y circo
de ruta sobre el mar que no puede tejer el pensamiento
de incienzo en el caliz de tu parpado abierto por los astros.
Y que todo dirija una admiración enhebrada por horoscopos
por estelas donde la pasión cuenta números sobre niños celestes
escondiendose en la noche y elevandose en el alba.